Toda historia tiene un comienzo

Esta historia podríamos decir que comienza con las enseñanzas de mi padre, quien orientó y guió durante mi infancia y adolescencia, y que muy a pesar y a veces en contra de mi voluntad tuve que aprender y posteriormente reconocer la importancia y el significado que tenía todo aquello y que a mi llegada a San Blas, Nayarit, hube de poner en práctica. Antes de esto no podía entender porque someterme a una disciplina, a estudiar, aprender y hacer cosas que para mí, no venían al caso.

Mi infancia transcurrió en la provincia, en un ambiente muy favorable con acceso al contacto con la naturaleza y con otras facetas de la vida, pero de manera muy significativa las posibilidades de viajar y con ello conocer, apreciando y grabando en la memoria e ir entendiendo la diferencia en el significado de la vida entre las personas. Viajamos mucho viendo como se desarrollaba el país, en gran parte por el espíritu aventurero y por la profesión de mi padre como ingeniero civil, quien no se cansaba de ir de un lado a otro para conocer todo lo que iba sucediendo en el país entre otros, los cambios de infraestructura, carreteras, presas, etc., y con ello conocer la realidad social de México.

Plaza de San Blas

Al concluir la enseñanza primaria, volvimos a la Cd de México, eran los años 60’s e iniciaba una revolución social en todo el mundo, la era del rock and roll, la revolución feminista, la guerra de Vietnam, los hippies, y en México, Avándaro, el movimiento estudiantil del 68. Y precisamente cuando yo iniciaba la preparatoria, todo esto definitivamente dejaba una huella y me indicaba el camino a seguir, aun a pesar de tener otras alternativas más cómodas. Así que cuando llegó el momento de decidir no hubo ninguna duda, sabía que tenía que seguir mi destino y abandonar la ciudad y la vida de comodidad al lado de mi familia, aunque tengo que reconocer que tampoco fue fácil romper los sueños de mi padre de ver realizar en mi persona tantas cosas que seguro anhelaba.

En mi camino y con la promesa hecha a mi padre de continuar estudiando, pasaba por Nayarit con rumbo a Ensenada a conocer la escuela de Oceanografía, pero no pude resistir pasar una vez más por San Blas, aquel pueblito donde alguna vez llegamos atravesando aquella carretera cubierta de exuberante vegetación y donde descubrimos un grupo de indígenas que se despojaban de sus ropas, se bañaban y tiraban ofrendas al mar, las cuales una vez que estos se retiraban, salíamos de nuestro escondite, las recogíamos y atesorábamos enterrando en la arena, ocultándolas de cualquier extraño para volver en un futuro por nuestros tesoros. Tampoco había comprendido bien que pasaba en aquel lugar donde de tanta abundancia, ni entendía porque mataban tantas tortugas, era una carnicería, así que había muchas interrogantes y buen motivo para regresar, además uno de mis primos me habló de la llegada de los gringos que viajaban en sus combis con unas tablas, música de rock, blues, etc., todo eso representaba una aventura y yo estaba listo para iniciarla, así que allá fui.

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Juan Bananas

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